Góndolas de supermercado con pocos clientes y carteles de precios

Consumo cae, precios suben: cómo puede pasar a la vez

La paradoja argentina donde nada parece tener sentido: por qué la recesión no siempre frena la inflación.

Estás en el supermercado, el pasillo está vacío y las cajas tienen menos gente que nunca. Pero cuando llegás a la góndola, el precio del aceite volvió a subir. ¿Cómo es posible que, si nadie compra, las cosas sigan encareciéndose? Bienvenidos al laberinto de la microeconomía argentina.

Góndolas de supermercado con pocos clientes y carteles de precios
La caída del consumo es evidente en las calles, pero los precios parecen tener una inercia propia que desafía la lógica común.

El fantasma de los costos fijos: cuando vender menos sale más caro

Para entender por qué los precios suben cuando las ventas se desploman, hay que mirar detrás de la góndola. Imaginá un pequeño fabricante de pastas. Tiene que pagar el alquiler del local, la luz, el sueldo de los empleados y los impuestos. Esos son sus costos fijos: no cambian si vende 10 cajas de ravioles o 1.000.

Cuando el consumo cae y la gente deja de comprar, ese fabricante empieza a vender mucho menos. Sin embargo, sus gastos fijos siguen siendo los mismos. Si antes dividía el costo del alquiler entre 1.000 cajas, ahora tiene que dividirlo entre 500. El resultado es que cada caja de ravioles individualmente ahora le cuesta más producirla.

Para no quebrar, el comerciante se ve forzado a trasladar ese mayor costo unitario al precio final. Es el «efecto unitario»: la paradoja de que vender menos a veces obliga a cobrar más caro para cubrir el rojo. Es una trampa de supervivencia donde el mercado se achica pero los precios se inflan para sostener una estructura que no puede achicarse a la misma velocidad que el bolsillo del cliente.

Expectativas y el «por las dudas»: el miedo como motor de remarcación

En una economía con historia de crisis recurrentes como la nuestra, el precio no solo se mira por lo que pasó, sino por lo que se cree que va a pasar. Si un comerciante sabe que la semana que viene la harina va a subir un 10%, no puede vender hoy al precio actual, porque cuando quiera ir a comprar la mercadería de nuevo (reposición), la plata no le va a alcanzar.

Este fenómeno se llama «expectativas de inflación». La incertidumbre genera una actitud defensiva: remarcar «por las dudas». Si el consumo cae pero el dólar se mueve o los rumores de nuevos aumentos de tarifas crecen, el comerciante prefiere vender menos pero proteger el valor de su capital de trabajo. No es solo codicia, es el instinto de no fundirse en el próximo reposicionamiento de stock.

Esta inercia es difícil de cortar. Incluso cuando el gobierno dice que las variables se están ordenando, el que tiene un negocio necesita pruebas antes de bajar la guardia. Mientras tanto, el precio sube preventivamente, alimentando el mismo fuego que intenta esquivar. Por eso, a veces necesitamos entender si es posible que Argentina crezca sin inflación o si estamos condenados a este ciclo infinito.

Precios rígidos a la baja: la Ley de Gravedad no aplica en la góndola

Cualquier manual de economía de primer año dice que si la demanda cae, los precios deberían bajar. En Argentina, eso parece una fantasía. Los precios se comportan como si tuvieran resortes hacia arriba y pegamento hacia abajo. A esto se le llama «rigidez de precios».

¿Por qué no bajan? Primero, por los costos de los insumos. Si el plástico para el envase, el transporte y la energía suben, el producto final no puede bajar aunque nadie lo compre. Segundo, por el factor psicológico y social. Bajar un precio se percibe como una derrota o como una señal de desesperación que puede afectar la imagen de una marca.

Además, las empresas grandes prefieren «liquidar stock» con ofertas puntuales (el famoso 2×1 o descuentos con tarjetas) antes que bajar el precio de lista. De esa manera, mantienen el valor nominal del producto mientras intentan sacarse de encima lo que no venden. El problema es que para el índice oficial, el precio base sigue siendo el alto, contribuyendo a que la sensación térmica de la calle no coincida con los números.

Gráfico conceptual de precios subiendo y consumo bajando sobre fondo de tickets de compra
La rigidez de los precios impide que la caída en las ventas se traduzca en alivio inmediato para el bolsillo.

La inercia de los contratos y las tarifas: los aumentos programados

Gran parte de lo que pagamos todos los meses no depende de si compramos mucho o poco pan. Son los «precios regulados»: luz, gas, agua, prepagas, colegios y transporte. Estos servicios suelen tener una inercia propia, con aumentos escalonados que fueron pactados meses atrás o que responden a la quita de subsidios.

Cuando el Estado decide ordenar sus cuentas y quitar subsidios, esos precios suben independientemente de que la economía esté en recesión. Ese aumento en el costo de vida obliga a las familias a recortar gastos en otros lados (ahí es donde cae el consumo), pero el índice de precios total sigue subiendo empujado por estos servicios básicos.

Es un efecto de transferencia: pagás más por la luz, te sobra menos para la ropa. La ropa deja de venderse, pero el fabricante de ropa ahora paga más de luz y de fletes, por lo que tampoco puede bajar sus precios. Es un círculo vicioso donde la recesión y la inflación se alimentan mutuamente en lugar de balancearse. Por eso, mucha gente siente que la inflación oficial no coincide con su realidad cotidiana.

El mercado concentrado: cuando pocos deciden por muchos

En varios sectores clave de la economía argentina, la producción está en manos de muy pocas empresas. Alimentos, limpieza y materiales de construcción suelen tener jugadores dominantes que tienen el poder de fijar condiciones. En estos casos, la competencia no es lo suficientemente fuerte como para obligar a una baja de precios ante la caída del consumo.

Estas empresas tienen más espalda para aguantar una caída en las ventas sin tener que resignar margen de ganancia. Prefieren producir menos y vender a un precio mayor que entrar en una guerra de precios que los obligue a bajar sus beneficios. Es lo que se conoce como «poder de mercado».

Para el consumidor de a pie, esto significa que las opciones son limitadas. Si las tres marcas principales de un producto suben a la par, no hay refugio posible. El consumo cae porque la gente simplemente ya no tiene con qué pagar, pero la estructura de oferta se mantiene firme en sus valores, estirando la cuerda hasta donde el mercado aguante.

Persona calculando gastos domésticos con una libreta y una calculadora
La gestión del presupuesto doméstico se vuelve una tarea de ingeniería diaria para compensar los aumentos que no frenan.

El rol del dólar: la moneda de referencia invisible

Aunque no compremos dólares todos los días, el dólar es el precio sombra de toda la economía argentina. Muchos de los costos de producción (químicos, repuestos, granos) están atados al valor de la moneda extranjera. Si hay una devaluación o si el dólar paralelo (MEP o Blue) sube, los precios se activan casi automáticamente.

A veces, el dólar sube mientras el consumo cae. Esto pasa cuando hay desconfianza política o falta de reservas. El resultado es el peor de los mundos: la gente no tiene plata, pero los costos de reposición vuelan. El comerciante se encuentra ante el dilema de vender barato y no poder reponer, o subir y no vender. Casi siempre elige lo segundo.

Esta dolarización mental hace que la inflación en Argentina sea mucho más resistente a la recesión que en otros países. No importa que la calle esté «parada» si el termómetro cambiario marca fiebre; los precios van a seguir esa temperatura. Por eso es vital saber cómo armar un presupuesto que sobreviva a la inflación y a estas volatilidades.

El camino a la estabilidad: ¿cuándo dejan de subir las cosas?

La pregunta que todos nos hacemos es cuándo se rompe este hechizo. Históricamente, la inflación solo empieza a ceder cuando el consumo cae tanto que ya no hay espacio físico para más aumentos o cuando las variables macroeconómicas (el dólar, el déficit, la emisión) se estabilizan por un tiempo prolongado.

Es un proceso doloroso porque implica que la economía «toque fondo». Solo cuando el miedo a no vender supera al miedo a quedar corto con el costo de reposición, los precios empiezan a estabilizarse o a subir por debajo del sueldo. Pero para llegar a ese punto, suele hacer falta una disciplina fiscal y monetaria que convenza a los que forman precios de que la fiesta de la remarcación se terminó.

Mientras tanto, nos queda transitar este desierto donde las reglas de la lógica parecen invertidas. Un escenario donde el cartel de «Oferta» convive con el de «Actualizado hoy», y donde entender por qué pasa lo que pasa es el primer paso para no perder la cordura en el intento. La respuesta definitiva quizá no esté en la góndola, sino en cómo logremos, como sociedad, volver a tener una moneda en la que todos podamos confiar.

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