IVA invisible: por qué pagás más de lo que creés en el súper
Descubrí la carga tributaria que viaja dentro de cada paquete de fideos y por qué el precio de góndola es una trampa para tu sueldo.
La próxima vez que pases por la caja del supermercado, mirá bien tu ticket. Detrás de los números que ya te asustan, se esconde un socio silencioso que se lleva casi la mitad de lo que pagás. No es el supermercado, ni el fabricante; es un sistema de impuestos en cascada que nadie te explica pero que todos pagamos, sin importar si llegamos a fin de mes o si ya estamos en rojo mucho antes de que termine la quincena.

La trampa del ticket: lo que el precio final no te cuenta
Entrás al súper con una lista mental y un presupuesto ajustado. Para el empleado que ya se siente ahogado, cada elección es una batalla. Elegís la marca menos conocida, buscás la oferta de la segunda unidad al 70%, pero al llegar a la caja, el total siempre parece una cachetada. ¿Por qué, si compraste lo básico, la cuenta es tan alta? La respuesta corta es que el precio que ves en la góndola es una mentira piadosa.
En la mayoría de los países del mundo, el ticket discrimina cuánto es el valor del producto y cuánto son los impuestos. En Argentina, para el consumidor final, el IVA está «enterrado» dentro del precio. Cuando pagás $1.000 por un producto, $173,50 son IVA (suponiendo la alícuota del 21%). Pero eso es solo la punta del iceberg. Ese 21% es lo que ves, lo que es «visible», pero hay una maraña de otros gravámenes que se fueron sumando en cada etapa de la cadena de producción, transporte y comercialización.
El IVA no es el único pasajero: Ingresos Brutos y tasas municipales
Si el IVA fuera el único impuesto, la cuenta ya sería pesada. Pero los alimentos en Argentina viajan con una mochila cargada de otros socios que no ayudan a cargar las bolsas. El impuesto a los Ingresos Brutos (IIBB) es quizás el más perverso de todos. Es un impuesto provincial que se cobra en cada etapa de la cadena: lo paga el que vende la semilla, el que cosecha, el que transporta, el que procesa y el que te lo vende a vos.
Como el IIBB se aplica sobre el precio de venta en cada eslabón, se produce un efecto de «impuesto sobre impuesto». El fabricante no puede «descargar» el IIBB que pagó su proveedor, así que simplemente lo suma al costo. Para cuando el paquete de arroz llega a tu mano, tiene acumulado un porcentaje de IIBB que puede llegar al 7% u 8% del precio final, totalmente invisible para vos. A esto hay que sumarle las tasas municipales de higiene y seguridad, que los comercios también trasladan directamente al precio que pagás.
El efecto cascada: cómo los impuestos se apilan antes de llegar a la góndola
Imaginemos un litro de leche. El tambero paga impuestos por el gasoil del tractor y por los insumos. La usina láctea paga por el proceso y el envase. El transporte paga peajes y cargas sociales. Cada uno de estos actores tiene que cubrir su propia presión impositiva para sobrevivir. Si el gobierno sube el impuesto a los combustibles, el flete sube; si sube el impuesto al cheque, la empresa tiene menos liquidez y aumenta sus márgenes por seguridad.
Este efecto cascada significa que, cuando llegás al supermercado, el precio final tiene una carga tributaria total que, según diversos estudios privados, ronda el 40% para los alimentos y puede superar el 50% en bebidas. Casi la mitad de lo que tenés en el carrito es, literalmente, impuestos. Estás trabajando 15 días del mes solo para pagarle al Estado lo que consumís para poder seguir trabajando. Es el círculo vicioso del consumo en un país que castiga la mesa de los que menos tienen.

Alimentos básicos vs. productos de lujo: la injusticia del mismo 21%
Uno de los mayores mitos es que el IVA es un impuesto equitativo porque lo pagan todos. Pero la realidad es que es el más regresivo de todos: afecta proporcionalmente mucho más al que menos gana. Un millonario y un jubilado pagan el mismo 21% por un sachet de leche. La diferencia es que para el jubilado ese 21% representa quizás el 5% de su ingreso mensual, mientras que para el millonario es una cifra insignificante.
A pesar de las promesas de «IVA cero» o bajas de alícuotas para productos de la canasta básica, la implementación siempre ha sido deficiente o temporal. Muchos productos básicos siguen tributando el 21% o el 10,5%, mientras que otros artículos que no son de primera necesidad tienen exactamente el mismo tratamiento. Esta uniformidad impositiva en la comida es lo que termina de asfixiar al trabajador, que no tiene forma de escapar de este socio forzoso cada vez que tiene hambre. Es un contraste violento con otros impuestos como el Impuesto a las Ganancias, que al menos tiene escalas progresivas.
¿Quién paga realmente el impuesto? El traslado al consumidor final
En la economía, existe un concepto llamado «incidencia tributaria». Los gobiernos suelen decir que le cobran impuestos a «las grandes empresas» o a «los supermercados». Pero las empresas no son los pagadores finales de los impuestos; son simplemente recaudadores. Si a un supermercado le suben un impuesto, no lo paga de sus ganancias (o al menos no por mucho tiempo), sino que lo traslada al precio.
El que no tiene a quién trasladarle el impuesto es el consumidor final. Vos sos el último eslabón de la cadena y sobre tus hombros cae todo el peso acumulado del camino. Cuando escuchás que una empresa tiene problemas por el cambio de Monotributo a Responsable Inscripto y que ahora tiene que liquidar IVA, lo que en realidad te están diciendo es que sus precios van a subir para cubrir esa nueva realidad fiscal. El sistema está diseñado para que el eslabón más débil, el que solo tiene su sueldo, sea el que termine financiando toda la estructura.

El sueño de la góndola sin impuestos: ¿teoría o posibilidad real?
¿Te imaginás entrar al súper y que todo cueste un 40% menos de un día para el otro? Ese sería el efecto de eliminar la carga tributaria sobre los alimentos. Si bien parece un sueño utópico, es lo que sucede en muchos países con economías más estables donde los productos básicos están exentos de IVA o tienen tasas simbólicas del 2% o 3%.
En Argentina, el Estado depende tanto de la recaudación del IVA y de Ingresos Brutos (porque son impuestos difíciles de evadir y de cobro inmediato) que ninguna gestión parece dispuesta a cortar ese goteo, incluso si eso significa condenar a millones a una dieta de menor calidad. Esta rigidez fiscal es la que impide que cualquier baja de la inflación se sienta realmente en el bolsillo; aunque los precios dejen de subir, el «piso» impositivo sigue siendo tan alto que la comida siempre será un lujo.

Un cierre que no cierra: ¿hacia dónde va tu plata?
La próxima vez que estés en la fila del súper, mirá a tu alrededor. Fijate en la gente que cuenta las monedas para llegar al total. Ese 40% o 50% de impuestos que viaja en el carrito no vuelve en mejores servicios, en seguridad o en infraestructura de forma proporcional al esfuerzo que hacemos para pagarlo. Es un sistema que se alimenta de la necesidad más básica del ser humano: alimentarse.
Y acá aparece la pregunta que siempre queda abierta: si el Estado se lleva casi la mitad de cada plato de comida que se sirve en una mesa argentina, ¿hasta cuándo puede estirarse la cuerda antes de que el consumidor final decida dejar de comprar lo que no puede pagar? El IVA invisible es, quizás, la forma más silenciosa y efectiva de expropiar el futuro de los que solo viven de su sueldo.